Los Sueños como mensajeros
He comenzado un proceso muy íntimo de autoconocimiento. Estoy empezando a escribir y dibujar lo que dicen mis sueños, al menos cuando no son demasiado pesados y logro despertar para recordarlos, algo que por ahora sucede la mitad del tiempo. Básicamente, anoto lo que sueño. A veces me levanto en la madrugada para ir al baño y, en ese instante, recuerdo algunas escenas del sueño; entonces tomo el celular y le dicto lo que vi o sentí.
No se trata solo de un ejercicio personal de introspección. En el fondo, también intento escuchar los mensajes que emergen del inconsciente, tanto el mío como el inconsciente colectivo del que hablaba Carl Jung. Ese inconsciente es, a su manera, un territorio compartido: un mundo que no pertenece del todo a nadie, pero que todos habitamos, no solo en la noche, sino también, a veces, durante el día. Es el espacio donde las experiencias personales y lo universal que todos conocemos y damos por sentado se entrelazan; donde lo que soñamos nos habla de nosotros y, al mismo tiempo, de las creencias, ideas, miedos, alegrías y deseos que han acompañado a la humanidad entera desde siempre. No me refiero a cosas abstractas, sino a esos problemas que nos persiguen tanto en el sueño como en el mundo de la vigilia.
Qué significa el inconsciente
Explorar el inconsciente no es una novedad. Carl Jung menciona en su libro El hombre y sus símbolos que Sigmund Freud fue el precursor que primero intentó explorar empíricamente el fondo inconsciente de la mente. Pero, ¿qué es el inconsciente? Sí, sí, esas cosas de las que no somos conscientes; las que no vemos y, aun así, nos hacen actuar de cierta forma en el mundo. Hasta cierto punto, nos mueven como marionetas, y es por eso que el mundo suele ser representado, con tanta frecuencia, como un gran teatro de máscaras.
Como siempre he sido un amante de desarmar las cosas para comprenderlas un poco mejor —o al menos intentar descifrar cómo podrían funcionar o ser—, vamos a desmembrar la palabra inconsciente. Las palabras son símbolos que intentan acercarse, o son sombras, de otras cosas.
La palabra inconsciente proviene del latín inconscius, formada por el prefijo in- (negación) y conscius (consciente, que sabe junto a otros, de scire = saber). Literalmente, inconscius —que se parece mucho a la palabra en inglés unconscious— significa “lo que no sabe” o “lo que no está al tanto”. En su sentido más antiguo, alude a lo que ocurre sin conocimiento o sin testigo interno, a aquello que escapa a la vigilancia del pensamiento.
Podemos compararlo con nuestra experiencia física y corporal. Nuestro corazón, por ejemplo, late sin que se lo ordenemos; damos por sentado que existe y que, gracias a él y a los demás órganos, vivimos y caminamos en el mundo. A veces sentimos sus latidos, pero la mayoría del tiempo no. No le decimos al corazón cómo debe actuar. En ese sentido, los órganos serían una imagen física del inconsciente: actúan en piloto automático. Durante el mundo de las ensoñaciones nocturnas no nos preguntamos cómo late el corazón o si sentimos los músculos; simplemente los damos por hechos. Los órganos son la orquesta tras bambalinas que permite que este cuerpo transite por el mundo, un cuerpo que, como una pila de energía, tiene un comienzo y también un fin.
El inconsciente, de algún modo, es un país que todos visitamos mientras dormimos, aunque pocos lo hagamos por voluntad. La mayoría —y me incluyo— dejamos pasar los símbolos que allí se nos ofrecen, como si fueran vanas vitrinas de un centro comercial en domingo; solo pasamos de largo.
Para Freud, el inconsciente es un depósito de deseos reprimidos, impulsos y recuerdos que no pueden acceder directamente a la conciencia, pero influyen en nuestro comportamiento, sueños y lapsus. Es un lugar donde se manifiestan los miedos que reprimimos en la mente consciente; un espacio de caos, de escape mental.
Para Jung, en cambio, el inconsciente no es solo personal, sino también colectivo: un espacio donde habitan los símbolos y arquetipos —como el héroe o el villano—, universales que todos los seres humanos compartimos, más allá de la cultura o la época. Es un territorio de creación simbólica y de sentido, no solo de represión.
El sueño del túnel blanco

Estoy comenzando a intentar conectarme con el mundo inconsciente, como una forma de sanación personal hacia aquello que no puedo ver, pero sé que está allí. El 18 de octubre tuve un sueño en el que me encontraba en una especie de nave con forma de túnel blanco. Yo también vestía de blanco. En ese espacio se vivía con cierta armonía, con una sensación de comodidad y calma. Como sucede en los sueños, no podría decir dónde estaban la cocina, la sala o el centro de mandos, pero sabía que era una nave, y que se vivía bien en ella. Tenía todo lo necesario, incluso una cama al fondo: una típica cama de ciencia ficción, empotrada en la pared, quizás de media plaza.
Esa cama estaba fijada a una pared de MDF que sellaba una parte del túnel. En esa pared había un hueco redondo, como un buzón o una mirilla, y al abrirlo y asomarme, pude ver otra sección del túnel: una parte sucia, oscura y abandonada. Sentía que allí habitaban seres que no podía ver, nacidos del miedo. No tenían una forma definida, lo que los hacía aún más extraños y aterradores, porque podían ser cualquier cosa. Era un miedo profundo, de esos que erizan la piel.
Entre la suciedad, vi un iPhone caído en el túnel. Yo no soy amante de las marcas; suelo usar los teléfonos por años y solo los cambio cuando es realmente necesario. Pero también soy un amante de la tecnología, me gusta dar nueva vida a los objetos antiguos. Sabía que ese iPhone no era el último modelo, pero pensé que aún podía aprovecharlo, quizá desarmarlo. A pesar del miedo que sentía, decidí meter la mano por el hueco y saqué el teléfono.
Al final del túnel había una puerta metálica, muy parecida a las de los barcos o a las puertas de las películas de ciencia ficción. Pensando en los arquetipos de Jung, esa puerta podía ser una versión contemporánea del símbolo de la puerta y su significado. En el centro había un pequeño círculo que dejaba ver lo que había al otro lado: todo era blanco, y una luz intensa emanaba desde allí.
Lo que hay más allá de la puerta
¿Qué había después de esa puerta? ¿Quiénes eran esos seres a los que temía, que no podía ver pero sabía que estaban allí? No lo sé…
Y si ese espacio en el que me encontraba era solo un pedacito, una pequeña isla para ponerme a salvo de la eternidad —sabiendo que soy parte de ella—, tal vez comprendí que, hasta cierto punto, debemos cruzar por nuestros miedos. Enfrentarlos y ser los héroes de nuestra propia historia. Atravesarlos, luchar con ellos a puño limpio, con dientes, patadas y gritos, hasta darnos cuenta de que en realidad nunca hubo nada en esa parte del túnel. Que al pasar la puerta, la nave que me mantenía separado de la eternidad en realidad nunca existió.
En mis apuntes del mundo de la vigilia intenté dejar que mi pluma decidiera hacia dónde íbamos, y eso mismo hice luego con el collage: dejé que mi brújula interna tomara la decisión de hacia dónde ir.

Fue una experiencia horrenda para mí —y lo digo sonriendo— porque no estoy del todo acostumbrado a hacer un tipo de arte en el que mi racionalidad no tome el control. Aunque a veces se cuela y es invitada por momentos, lo detesta y le resulta ajeno. Pero, como también soy testarudo y llevo la energía del asno como bandera, me quedé allí, haciéndolo hasta terminarlo.
Este collage ciertamente no es el final; está muy lejos de serlo. Mi racionalidad lo detesta, pero tiene una voz y una textura que pertenecen a una aventura que sucedió en el mundo que visitamos por las noches, y a la aventura que supone indagar en él durante el día.
